martes, 3 de mayo de 2011

“Somos turistas en nuestra propia tierra”


Caminar por Nejapa y encontrarse a alguien que no conozca sobre la tradición de las “bolas de fuego” sería una excepción; los ciudadanos mantienen sus raíces culturales que crecen año con año.

Con un área de 83.4 kms². Nejapa tuvo en su pasado una población precolombina que a través de su historia fue atormentada con varias erupciones del volcán de San Salvador, lo que los obligó a trasladarse de Opico a Quezaltepeque, y posteriormente al sitio que actualmente habitan.

Son las campanas a las cuatro de la madrugada las que anuncian el inicio del día tan esperado por todos. Desde chicos a grandes, se vierte una misma felicidad y emoción singular por la máxima celebración a lo largo de todo el año. El 31 de Agosto es una fecha memorable, pero alguien que no tenga ni la más mínima idea de lo que ocurre en ese día se pierde de algo sumamente… ¡maravilloso! Esa sería la palabra perfecta para describirlo.

Aunque no sea siempre la misma situación, en muchos lugares de nuestro territorio poco a poco se ha ido descuidando el interés o el encanto por este tipo de celebraciones que marcan la importancia de nuestros antecedentes culturales y de nuestra historia como país.

Es así como las populares “bolas de fuego” son el atractivo principal de las fiestas patronales de Nejapa; este detonante, cuyos comienzos fueron en el año de 1658, se retoma nuevamente en 1922.

En esta actividad se involucran 250 jóvenes aproximadamente, siendo algunos de ellos los personajes principales de este juego tanto peligroso como atractivo. Es esta faena el ingrediente más relevante de las fiestas de Nejapa, debido a su dinámica y arriesgada interacción, que atrae a más de 5,500 turistas salvadoreños y extranjeros, así como a 200 reporteros, quienes observan y forman parte de cada movimiento de esta aventura que cada año satisface el entretenimiento de todos.

Es curioso ver que a muchos extranjeros les interesa este tipo de festividades culturales y autóctonas, en contraste con muchas otras personas que han permanecido toda una vida acá en nuestro país y nunca han tenido la inclinación de visitar o conocer, al menos una vez, en qué consiste y qué significado tiene esta celebración.

Marcas como “Red Bull” se han interesado por lo singular de esta celebración, motivando a hacer giras a otros lugares del interior del país, obteniendo el beneficio de promoción de dicha marca, al tiempo que contribuye a mantener el arraigo de dicha tradición cultural.

Al adentrarse al pueblo de Nejapa se inicia una aventura que conecta con sus diferentes atractivos: desde la iglesia, la alcaldía, el polideportivo con las olas artificiales hasta el estadio de fútbol (sede del equipo que fue de Primera División de El Salvador: el Nejapa F.C.). Al caminar por sus calles y avenidas, los visitantes disfrutan de su paisaje urbano, preñado de tradición y cultura local.

Cada año, en la calle principal de Nejapa, luchan dos grupos de 20 jóvenes cada uno, pintados de rojo con rayas negras en la cara y vestidos de ropa negra.

María Guadalupe Meléndez de 12 años, estudiante del “Colegio Montieur” nos relataba un poco de esta festividad, con una sonrisa dibujada en su rostro que denotaba lo feliz que le hace recordar dicha conmemoración de los festejos de su pueblo. Eso reafirma que sin importar la edad, todos conocen y han vivido la colosal experiencia de las peculiares “bolas de fuego”.

Es interesante percibir que desde pequeños son sembradas estas festividades con una marcada importancia para la vida de cualquier niño o niña por igual dentro del pueblo. Más allá de lo que pueda significar para muchas personas esta conmemoración, es esa devoción que se les impregna desde pequeños, la que marca una costumbre tradicional personal para cada uno de los niños, que con el paso de los años, serán los responsables de velar porque esta tradición se transmita de generación a generación.

Los jóvenes son un grupo imprescindible para mantener viva esta tradición, a diferencia de otros lugares en que son las personas adultas las preservadoras de este tipo de actividades lúdicas.

Es la juventud la que aún con el paso del tiempo demuestra tener una organización bastante minuciosa en cada detalle, teniendo como meta principal explotar al máximo la nostalgia del viejo, la emoción del joven y la ilusión del chico. Es de esta manera que la generación actual, los jóvenes, buscan sembrar la semilla de la tradición en las nuevas generaciones con charlas informativas en todas las escuelas de la ciudad y de varios puntos del país.

Al continuar con la ruta turística se encuentra la conocida “Casa del joven” que es la encargada de velar por las diferentes actividades que se realizan a lo largo del año.

Ahí nos encontramos con Manolo Girón, de 31 años, encargado de “La casa municipal del joven” quien nos narró las diferentes versiones de esta especial tradición.

“Existen dos posturas: una religiosa, que se vincula al catolicismo, y otra popular”, menciona Manolo al comenzar a describir detalle con detalle. Según cuentan las personas, existía un relato religioso que hablaba de San Jerónimo, una persona bastante cercana a Dios, quien se dirigió al desierto a meditar en oración; fue ahí donde tentado por el diablo, interrumpía su tiempo de oración, arrojándole bolas de fuego a sus alrededores.

Por otro lado, la postura popular describe que en el año de 1658 el volcán de San Salvador hizo erupción, lanzando flujo pirotécnico que amenazaba al pueblo, que les obligó a desplazarse por el peligro inminente. Sin embargo, esto no termina ahí: la amenaza vuelve en 1922 en donde en una nueva erupción la lava amenazaba destruir todo el pueblo a su paso.

“Es ahí donde existe el vínculo entre las dos posturas”, exclamó Manolo. Las personas en busca de un milagro tomaron la imagen de San Jerónimo y la colocaron por donde la lava intimidaba al pueblo; fue así como cuentan que la lava cesó y tomó otro rumbo debido a la imagen de San Jerónimo. Los ciudadanos se salvaron de toda catástrofe, gracias al glorioso milagro.

Así fue como la tradición fue respaldada por dicho milagro, cumpliendo así 89 años de tradición, y que año con año perdura en la mente de las personas como así también en sus corazones. Claro que hoy en día “las penas se convirtieron en juego”. Tal evento es expresado como un mecanismo de entretenimiento que en un principio era realizado con el pie; fue hasta 1922 que se empezó a utilizar la mano, utilizando guantes especiales de un material de cuero resistente al calor.

Las “bolas de fuego” son el artefacto que simboliza esta celebración y su elaboración requiere de un proceso largo. Es aquí donde la mano de obra entra a prueba: primero, por medio de retazos de tela se da forma a la bola (tales retazos son obtenidos en las diferentes maquilas en zonas aledañas); luego se da fijación por medio del alambre de amarre para lograr que la tela quede tensa y completamente fija; y finalmente, las bolas son sumergidas durante 3 meses en barriles de gasolina regular y kerosene, dando como resultado una realización estimada de alrededor de 1,500 bolas.

Pero no solo eso es organizado, sino también se lleva a cabo la preparación que abarcará la mañana y tarde del 31 de Agosto, previo a la atracción relevante por la que muchos llegan.

“Es un día festivo y a la vez masivo en donde para todos hay un tiempo para que disfrute a lo grande” afirma Manolo. Las diferentes actividades a lo largo del día, son: serenatas, ventas de “chuco”, coordinación de piñatas para las diferentes escuelas, presentaciones de bandas, grupos de danza moderna, grupos de música, “comelonas” de pupusas, entre otros.

Pero falta hablar de una figura importante: la alcaldía, considerada como un ente clave y relevante para dichas celebraciones y fiestas, sobre todo para la preparación de las bolas de fuego. Ellos gestionan, hacen contactos con empresas y grupos musicales para que este día sea inolvidable. Les brindan las herramientas a los jóvenes que son los encargados del juego que emplean su “mano de obra” en las bolas que se utilizarán. Es gracias a la Alcaldía Municipal y al apoyo de todo un pueblo que estos jóvenes se sienten motivados de ser parte de esta tradición que la mantiene de generación en generación, convirtiéndola en un día festivo importante para todos los pobladores de Nejapa.

Es interesante ver cómo todo un pueblo se vuelca ante tal evento, en donde tanto el pueblo como la Alcaldía Municipal toman riendas en el asunto para que este evento trascienda y pueda incluso ser una nota periodística en medios internacionales y reconocidos como CNN. Si bien muchos salvadoreños conocemos de esta tradición, o hemos oído de lo que se celebra en Nejapa, existe una gran mayoría de salvadoreños que no conocen la relevancia que esta tradición posee.

Por tanto, nos damos cuenta que somos “turistas en nuestra propia tierra”, ya que si no es porque alguien nos lo informe (ya sea un medio de comunicación o una persona que haya asistido) no podemos dimensionar la importancia, el ambiente y la experiencia de esta tradición.

Nos adaptamos a nuestro hábito diario, y no tratamos de romper esa línea repetitiva de actividades que nos enriquecen de conocimiento sobre cómo era nuestra cultura y hacia dónde se dirige.

Así sucede con ésta y muchas otras tradiciones, acerca de las que deberíamos conocer más su historia, el trasfondo y el valor cultural que contienen. No tratamos de darle importancia a aquellos rituales y tradiciones que forman nuestra identidad salvadoreña, de las pocas raíces culturales que son puras de nuestra historia como país y como salvadoreños que somos.

Aunque hay algunos que pretenden decir que nadie puede afirmar que es un “turista” en su propia tierra, desde el momento en que uno nace en su país, forma parte de esa pureza de creencias, ideologías, ritos y símbolos que forman parte de la identidad salvadoreña como tal, más allá de lo que nosotros podamos percibir de nuestro país. Es comprensible que muchas tradiciones son imposibles de admirar debido al acelerado sistema de vida que poseemos, pero eso no afecta el hecho que no forme parte de nuestro patrimonio cultural.

La tradición de las bolas de fuego es un ejemplo de lo contrario: de cómo una tradición de nuestro pueblo se ha ignorado completamente. Sólo conociendo propiamente el lugar y la celebración podemos conocer el significado de estas tradiciones.

¿Será que hasta que perdamos aquellas tradiciones que nos identifican como salvadoreños prestaremos atención al grado de trascendencia y de significación que tienen para nuestro país? Lamentaremos la pérdida del legado de nuestra historia y de nuestros antepasados, si permitimos que una tradición como la de las bolas de fuego se convierta en un recuerdo más de nuestro pueblo.

Es por ello que la responsabilidad de conservarla recae en nosotros como salvadoreños, de apoyar y acudir a estas celebraciones; no sólo por el hecho de conocer y vivir una experiencia, sino para contribuir a su conservación y perpetuación.

Es el simple hecho de conocer nuestras raíces salvadoreñas y mostrar al exterior el valor intrínseco de dichas festividades, como se lograría evitar ser turistas en nuestra propia tierra, El Salvador.

Autores.

Rebeca Cortez

Ileana Hernandez

Mary Carmen Sandoval

Miguel Gil

Carlos Navarro

Rocío Rivas

Elizabette Quijano